Señor y Dios nuestro, Autor de la Vida y del Amor. Nosotros, que un día ante Ti nos unimos para cooperar a tu obra creadora, venimos hoy a consagrarte nuestro hogar.
Agradecemos humildemente las gracias que derramas sobre nuestra existencia y te pedimos perdón para nuestras faltas personales y las de nuestra familia.
Conserva siempre en nosotros, y en todos los matrimonios, la firmeza en la Fe, la fidelidad mutua, la paz del hogar, la salud y la alegría de la vida. Danos el pan de cada día, trabajo honrado y progreso decoroso.
A los esposos da siempre el sentido de la responsabilidad, fuerza en el trabajo y en las pruebas, afecto viril y cristiano. A las esposas concede abnegación, ternura, fidelidad, que sean siempre los ángeles del hogar, sostén de su compañero y educadora de sus hijos.
Bendícenos, Señor, bendice a nuestros hijos; que nuestro mutuo amor a Ti consagrado, nunca conozca las sombras de las dudas y de las debilidades. Sé siempre Rey amado de nuestro hogar; permanece entre nosotros tanto en los momentos de alegría como en las horas de la prueba y del dolor.
Te lo pedimos, Señor, humildemente, por la Sangre preciosa que derramaste por nosotros y por los méritos y la intercesión de nuestra Madre y Protectora, la Santísima Virgen. Así sea.
jueves, 30 de julio de 2009
La Misa en Familia es mejor.
“Mandar” al niño a Misa es un rito que se repite los domingos en muchas casas: la criatura desayuna, se ducha, se peina, le damos una moneda para la “bandeja” y otra para que se compre “chuches”, llama a la puerta el amigo o la amiga, y se van para la iglesia. Pero, ¿y los padres? Quizá hayan participado en otra Misa más temprana, para tener tiempo para las tareas de la casa, o hayan ido la tarde anterior… o simplemente, “no tienen tiempo”, “no me ha dado tiempo de arreglarme”. ¿Por qué no hacer el esfuerzo, e ir todos a Misa juntos?
Ir a Misa el domingo todos juntos es uno de esos acontecimientos que más llena la vida de familia. Es una ocasión para hacer algo juntos, cuando la vida moderna nos va quitando momentos comunes. Cuando somos mayores los recordamos con cariño. Un chiquillo que va a Misa acompañado por sus padres se le nota “a la legua”, porque la fe cristiana va entrando en la vida del chiquillo no con calzador, sino con naturalidad. Y un crío, un joven con una recia formación cristiana tiene muchos puntos ganados para enfrentarse a ciertas cosas de la vida con éxito.
¿Cuesta hacerlo? Por supuesto. Habrá que madrugar un poco más para tener la casa en orden, habrá que gritar algún día porque gansea desayunando y no llegamos a Misa, habrá que tirar de él cuando un día se le ocurre renegar (¿a quién de los que hoy venimos a Misa no nos han “tirado de las orejas” para ir?), habrá que… Pero vale la pena. Es el “gota a gota” que riega la fe. Acompañar a los hijos a Misa es casi un deber para los padres cristianos, y sobre todo, es una alegría.
Ir a Misa el domingo todos juntos es uno de esos acontecimientos que más llena la vida de familia. Es una ocasión para hacer algo juntos, cuando la vida moderna nos va quitando momentos comunes. Cuando somos mayores los recordamos con cariño. Un chiquillo que va a Misa acompañado por sus padres se le nota “a la legua”, porque la fe cristiana va entrando en la vida del chiquillo no con calzador, sino con naturalidad. Y un crío, un joven con una recia formación cristiana tiene muchos puntos ganados para enfrentarse a ciertas cosas de la vida con éxito.
¿Cuesta hacerlo? Por supuesto. Habrá que madrugar un poco más para tener la casa en orden, habrá que gritar algún día porque gansea desayunando y no llegamos a Misa, habrá que tirar de él cuando un día se le ocurre renegar (¿a quién de los que hoy venimos a Misa no nos han “tirado de las orejas” para ir?), habrá que… Pero vale la pena. Es el “gota a gota” que riega la fe. Acompañar a los hijos a Misa es casi un deber para los padres cristianos, y sobre todo, es una alegría.
MIRALE A LOS OJOS
Tratar adolescentes no es una ciencia oculta reservada a expertos. Es cierto que requieren un trato algo diverso, pero en definitiva cada uno ya somos de una forma, y pedimos que nos traten como somos, no como los demas creen que debemos ser. Los adolescentes estan en esa etapa prodigiosa de la vida en la que se abandona la infancia y se pasa a la edad adulta, y estan en su derecho de que no se les trate como ni�os. De todas formas, no son adultos, y todavía no tienen la experiencia y la capacidad para poder tener un control total de su vida, sus emociones, sus miedos, sus ilusiones y sus proyectos. El adolescente necesita la presencia activa y discreta del adulto, que le da seguridad para poder crecer con éxito.
Todo esto está muy bien en la teoría, pero ¿cómo se come?� � ¿Cómo sabemos si nos estamos pasando, o no estamos llegando? ¿Cómo sabemos si en el tiempo libre ha estado metido en asuntos que le pueden perjudicar? ¿Cómo sabemos si necesita nuestra ayuda? En casa le damos unos valores, pero ¿qué hará cuando esté fuera?
No hay recetas, y cada uno hace lo que buenamente puede. Una madre, por ejemplo, decía que había tomado una costumbre que le había servido: mirarle a los ojos directamente una vez al día. Una mirada de madre, llena de comprensión, de cariño, no una mirada inquisitiva. Al volver del instituto, a la hora de la comida, después de salir de fiesta. No preguntaba nada; sólo decía esta palabra: “Mírame”. Sólo una madre conoce bien lo que significa esa mirada, y sabe leer en ella lo que los labios a veces no se atreven a decir. Ha sido testigo de cómo esa mirada se abrió al mundo por primera vez, se hizo curiosa en el niño, triste en la fiebre, alegre en la fiesta, interrogadora en la juventud.
Todo esto está muy bien en la teoría, pero ¿cómo se come?� � ¿Cómo sabemos si nos estamos pasando, o no estamos llegando? ¿Cómo sabemos si en el tiempo libre ha estado metido en asuntos que le pueden perjudicar? ¿Cómo sabemos si necesita nuestra ayuda? En casa le damos unos valores, pero ¿qué hará cuando esté fuera?
No hay recetas, y cada uno hace lo que buenamente puede. Una madre, por ejemplo, decía que había tomado una costumbre que le había servido: mirarle a los ojos directamente una vez al día. Una mirada de madre, llena de comprensión, de cariño, no una mirada inquisitiva. Al volver del instituto, a la hora de la comida, después de salir de fiesta. No preguntaba nada; sólo decía esta palabra: “Mírame”. Sólo una madre conoce bien lo que significa esa mirada, y sabe leer en ella lo que los labios a veces no se atreven a decir. Ha sido testigo de cómo esa mirada se abrió al mundo por primera vez, se hizo curiosa en el niño, triste en la fiebre, alegre en la fiesta, interrogadora en la juventud.
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